Llegó el otoño y pasó sin llamar
Se nos coló el otoño, como aquella otra vez en la que, siendo mucho más jóvenes que ahora, nuestra loca juventud de entonces no nos avisó a tiempo, y hubo un día en el que de pronto, nos acostamos de verano y nos levantamos de otoño.
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||||||| Esta imagen de otoño nos la deja José Luis Medina Gallo, nuestro colaborador en Cervera de Pisuerga |
Y fue que el verano había transcurrido en olor de diversión de acá para allá, con días casi interminables que se extendían hasta prácticamente el nuevo amanecer; por lo que asistíamos con pena a los últimos coletazos de aquél intentando sacarle todo el jugo posible y exprimiéndole hasta casi la extenuación. Y fue aquél un día en el que, agotados por las muchas horas de fiesta, nos retiramos a descansar quizás algo más temprano. Sin embargo, el amanecer no se produjo para nosotros a la hora acostumbrada y el período de descanso se prolongó algún tiempo más. De tal suerte que, cuando para nosotros amaneció el nuevo día, bien terciado éste, ya llevaba algunas horas el otoño instalado en nuestro entorno; haciéndolo de entrada con toda la efectividad a la que nos tenía acostumbrados por nuestras tierras y ejerciendo de tal desde el primer momento; trastocando cualquier plan pensado cara al exterior.
Y es que el verano ¡lo teníamos tan cerca todavía…!, que parecía imposible aquel cambio tan repentino, de hoy para hoy en la práctica. Aunque luego nos gustase y nos relajase la presencia de la nueva estación. Pues instintivamente nos invitaba a la realización de otras actividades más de puertas para adentro relacionadas con el cultivo del espíritu, con más tiempo disponible para la lectura, la escritura o la música. Pasaron los años locos de nuestra juventud y, ahora en cambio, en esta otra etapa de nuestras vidas, más sosegados ya en cuerpo y espíritu, y con otros intereses diferentes en lo personal y en lo común que salvaguardar, ocurrió, empero, que también se nos coló el otoño de rondón y sin haberlo llamado todavía; haciéndolo además con fuerza y con todas las ganas en el proceder.
Demasiado pronta su presencia, porque resultaban muy gratos aquellos largos paseos que, al atardecer de cada día, efectuábamos por los alrededores, hasta que el sol declinaba en el horizonte y, tras ver cómo se ocultaba en la lejanía, emprendíamos el regreso aún con calma hasta la urbe. Demasiado precipitadamente su llegada, porque aún los últimos amores del verano no habían cuajado del todo y era de prever un decaimiento de los mismos por falta de tiempo para una mayor concreción. Demasiado cambio de hoy para hoy en esencia, cuando todavía no habíamos podido cambiar ni tan siquiera en el armario las diferentes prendas de ropa de la temporada por otras más consistentes y de un colorido menos vistoso. Demasiado poco tiempo de aclimatación de nuestra vista para lo que se nos vendría encima caminando por estos paisajes que se convertirán, cual paleta de pintor, en una amalgama de colores en tan sólo unos días. Pero que, sin embargo, seguiremos emocionándonos días posteriores escuchando el sonido de las hojas de los árboles azotadas por el viento, mientras nuestros pies pisan y muelen algunas de estas hojas secas caídas al suelo y que decoran parques, sendas y alamedas. Y es que, como dijera el poeta, el otoño bien pudiera ser como otra primavera, donde las hojas de aquél son como las flores de ésta.






























