Recuerdos de antaño
En casa, por estas fechas, para todos, el mejor regalo es un buen libro. En los cumpleaños, también hemos mantenido ese capricho. Álvaro, el segundo de nuestros hijos, acaba de traerme la última obra de Julio Llamazares: El viaje de mi padre.
Un viaje a la memoria de la guerra civil española. En su primera edición, septiembre 2025. Ojalá fuera posible que muchos jóvenes de hoy, tuviesen la oportunidad de beber en fuentes fidedignas como esta novela para saber de dónde llegaron sus bisabuelos, y abuelos, y qué penurias pasaron bajo una dictadura que privaba de derechos a muchos y repartía privilegios -ejemplo un estanco- a quienes estaban de acuerdo con sus ideas. Lo sé porque a mi colegio iba una niña que perdió al papá en el bando nacional y la viuda obtuvo ese medio desahogado -de por vida- para sacar a su familia adelante.
Llegué a Valladolid con seis años para ir a la escuela, decía mi padre, que la cultura abre caminos: Hasta entonces vivía con los abuelos en el campo, desde muy chica. El tiempo hizo que sus planes se cumplieran, las cinco hermanas pudimos estudiar, también lo hicieron nuestros hijos, sus nietos. Mis abuelos, Natividad y Antimo, ayudaron a que, Vidal y Julia, mis padres, Dios los tenga a su vera, se ganasen la vida vendiendo encajes que las mujeres de Acebo hacían con los bolillos largos y -cantarines- que se deslizaban en sus diestras y velocísimas manos, para avanzar la labor, y, a la vez, ponían ritmo de canciones en sus bocas.
En Acebo, al igual que en Camariñas y Almagro se hacía encaje. Con una diferencia: Los palillos o bolillos, eran de distinto tamaño y los alfileres que sujetaban la labor tejida sobre (el picado) también. Por supuesto, el número del hilo (la bobina), empleada era de distinto grosor según la calidad que se pretendía lograr y el fin para el que se usaba el encaje: adornar los juegos de cama, bordear un mantel, paños para la iglesia, aplicaciones para incrustar en sábanas (Se colocaban a máquina o a mano (punto de realce o vainica doble). ¡Ah! y se hacían metros y metros del encaje (levantando el picado, un paso más en el aprendizaje): se sujetaban los bolillos con un paño que tenía la forma de pequeño delantal cuyas cintas se anudaban alrededor de los bolillos apretados fuertemente y el trocito de encaje se iba enrollando sobre un cartón. Toda esta "operación", sin soltarlos, pues se ayudaba con el pecho de la encajera. Esas puntillas tenían mucho éxito pues adornaban los bajos de las enaguas o de los cancanes. Con hilo muy fino, se hacían auténticos primores: velos de encaje, cuellos para decorar los de una blusa, y pañuelos de mano (de novia, para las arras). El hilo, se reponía, con el de la bobina y se anudaba con nudo especial cada vez que se acababa el hilo de cada bolillo, todo un arte. Recuerdo que enseñé a hacer encaje -estrechito y fácil- a mi maestra doña Concha Calleja quien `me daba escuela´ en el Colegio Público San Fernando de Valladolid, y el empeño que puso en aprenderlo. Al salir de la escuela iba a su casa en la calle Dos de Mayo, yo le enseñaba un rato y `le ponía labor´: hacer un pedacito. Y aquello me llenaba de orgullo porque me obedecía. Era muy voluntariosa. Aprendió pronto. Ella, siempre me regalaba algo para merendar. Tenía 9 años y mi querida maestra casi sesenta. Sabía que mi profesión iba a ser la suya. Siempre que me preguntaban decía lo mismo: voy a ser maestra. Dejé el colegio público para ir a las Carmelitas, en calle Mantería. Allí estudié Bachillerato y en la Escuela Normal, hoy, CEIP Antonio García Quintana, Magisterio. En calle donde ella vivía me examinaba de solfeo, piano y coral en un piso, era el conservatorio. También, mis dos hijos con quienes coincidí varios años. Empecé música con Tina Riol, a los treinta y tres años. Luego recibíamos clase en casa. La profesora, Josefina Pérez de Diego, esposa del hoy presidente del casino de Palencia, Evaristo Urraca.
Ellos asistieron a nuestras bodas de plata y, antes, nosotros a su enlace matrimonial, que, viento en popa, sigue adelante con el amor que los une. Una de sus hijas lleva el mismo nombre que la nuestra. Cuando recogí firmas para que hubiese un conservatorio aquí, elemental, no sabía que mis dos hijos se ganarían su pan en el que se consiguió. Aprobé 5º y les dejé espacio, pues ellos siguieron. Yo estudiaba el tiempo que ellos dejaban libre el piano. Marcelino fue invitado a pronunciar el discurso de inauguración al monumento erigido junto al conservatorio de música, en la plaza de San Pablo, autora: Carmen Castillo Bartolomé, año 1997, que nos recuerda el inmenso honor de que Palencia tuviera la primera Universidad de España gracias a un obispo culto D. Tello Téllez de Meneses quien -con sus dineros- transformó el Studium Generale de Palencia junto al rey Alfonso.
También tuvo el honor de intervenir, año 2021, invitado por la diócesis de Palencia, en el VII centenario de nuestra magnífica y ya –menos mal- conocida Catedral. Todo es ya recuerdo. Algo para mí, bueno, pues creo que, recordar es volver a vivir.
Llegué a Valladolid con seis años para ir a la escuela, decía mi padre, que la cultura abre caminos: Hasta entonces vivía con los abuelos en el campo, desde muy chica. El tiempo hizo que sus planes se cumplieran, las cinco hermanas pudimos estudiar, también lo hicieron nuestros hijos, sus nietos. Mis abuelos, Natividad y Antimo, ayudaron a que, Vidal y Julia, mis padres, Dios los tenga a su vera, se ganasen la vida vendiendo encajes que las mujeres de Acebo hacían con los bolillos largos y -cantarines- que se deslizaban en sus diestras y velocísimas manos, para avanzar la labor, y, a la vez, ponían ritmo de canciones en sus bocas.
En Acebo, al igual que en Camariñas y Almagro se hacía encaje. Con una diferencia: Los palillos o bolillos, eran de distinto tamaño y los alfileres que sujetaban la labor tejida sobre (el picado) también. Por supuesto, el número del hilo (la bobina), empleada era de distinto grosor según la calidad que se pretendía lograr y el fin para el que se usaba el encaje: adornar los juegos de cama, bordear un mantel, paños para la iglesia, aplicaciones para incrustar en sábanas (Se colocaban a máquina o a mano (punto de realce o vainica doble). ¡Ah! y se hacían metros y metros del encaje (levantando el picado, un paso más en el aprendizaje): se sujetaban los bolillos con un paño que tenía la forma de pequeño delantal cuyas cintas se anudaban alrededor de los bolillos apretados fuertemente y el trocito de encaje se iba enrollando sobre un cartón. Toda esta "operación", sin soltarlos, pues se ayudaba con el pecho de la encajera. Esas puntillas tenían mucho éxito pues adornaban los bajos de las enaguas o de los cancanes. Con hilo muy fino, se hacían auténticos primores: velos de encaje, cuellos para decorar los de una blusa, y pañuelos de mano (de novia, para las arras). El hilo, se reponía, con el de la bobina y se anudaba con nudo especial cada vez que se acababa el hilo de cada bolillo, todo un arte. Recuerdo que enseñé a hacer encaje -estrechito y fácil- a mi maestra doña Concha Calleja quien `me daba escuela´ en el Colegio Público San Fernando de Valladolid, y el empeño que puso en aprenderlo. Al salir de la escuela iba a su casa en la calle Dos de Mayo, yo le enseñaba un rato y `le ponía labor´: hacer un pedacito. Y aquello me llenaba de orgullo porque me obedecía. Era muy voluntariosa. Aprendió pronto. Ella, siempre me regalaba algo para merendar. Tenía 9 años y mi querida maestra casi sesenta. Sabía que mi profesión iba a ser la suya. Siempre que me preguntaban decía lo mismo: voy a ser maestra. Dejé el colegio público para ir a las Carmelitas, en calle Mantería. Allí estudié Bachillerato y en la Escuela Normal, hoy, CEIP Antonio García Quintana, Magisterio. En calle donde ella vivía me examinaba de solfeo, piano y coral en un piso, era el conservatorio. También, mis dos hijos con quienes coincidí varios años. Empecé música con Tina Riol, a los treinta y tres años. Luego recibíamos clase en casa. La profesora, Josefina Pérez de Diego, esposa del hoy presidente del casino de Palencia, Evaristo Urraca.
Ellos asistieron a nuestras bodas de plata y, antes, nosotros a su enlace matrimonial, que, viento en popa, sigue adelante con el amor que los une. Una de sus hijas lleva el mismo nombre que la nuestra. Cuando recogí firmas para que hubiese un conservatorio aquí, elemental, no sabía que mis dos hijos se ganarían su pan en el que se consiguió. Aprobé 5º y les dejé espacio, pues ellos siguieron. Yo estudiaba el tiempo que ellos dejaban libre el piano. Marcelino fue invitado a pronunciar el discurso de inauguración al monumento erigido junto al conservatorio de música, en la plaza de San Pablo, autora: Carmen Castillo Bartolomé, año 1997, que nos recuerda el inmenso honor de que Palencia tuviera la primera Universidad de España gracias a un obispo culto D. Tello Téllez de Meneses quien -con sus dineros- transformó el Studium Generale de Palencia junto al rey Alfonso.
También tuvo el honor de intervenir, año 2021, invitado por la diócesis de Palencia, en el VII centenario de nuestra magnífica y ya –menos mal- conocida Catedral. Todo es ya recuerdo. Algo para mí, bueno, pues creo que, recordar es volver a vivir.
Actualización Ene2026 | 💥211👀
En tu nombre
























