El paseo de las figuras del Zócalo
Mañana se inaugura el mundial con un partido en el estadio Azteca entre México y Sudáfrica. Aquí no se habla de otra cosa. No habrá clases. Ayer estuve en el zócalo. Está blindado ya que hay una huelga en los alrededores y no quieren que agüen el festejo. Dos calles antes de llegar, unas filas interminables solo para ver que no se puede entrar en el zócalo. Saqué algunas fotos por las rendijas pero logré subir a un restaurante y saqué una foto que quiero comentar porque habrá sido muy estudiada antes de adornarla y a mi modo de ver tiene muchas enseñanzas.
|||||| Una foto que quiero comentar, muy estudiada antes de adornarla y a mi modo de ver con muchas enseñanzas.
Ayer caminé por el Zócalo de la Ciudad de México y me detuve a contemplar las figuras que adornan sus paredes con motivo del Mundial de Fútbol. No eran simples decoraciones; parecían contar una historia donde el deporte y la cultura mexicana se daban la mano. Allí estaba Quetzalcóatl, la gran serpiente emplumada, extendiéndose majestuosa como si hubiera descendido de los antiguos tiempos para observar la fiesta del mundo. Sus colores brillaban bajo la luz del día y daba la impresión de que vigilaba el corazón de la ciudad, recordando que México posee raíces tan profundas como sus montañas y tan antiguas como sus pirámides. Al lado aparecía el ajolote, pequeño y simpático, con su eterna sonrisa. Parecía mirar a los visitantes con curiosidad, como si quisiera participar también en los partidos. Pensé en los canales de Xochimilco, en las aguas tranquilas donde habita este singular animal, y me alegró verlo convertido en embajador de la naturaleza mexicana. Entre unas figuras y otras surgía un balón de fútbol, símbolo de la pasión que pronto reunirá a millones de personas. Parecía un sol redondo que invitaba a niños y adultos a imaginar goles imposibles y celebraciones compartidas. Las flores aportaban color y alegría. Había en ellas algo festivo y acogedor, como si cada pétalo quisiera dar la bienvenida a quienes llegan de otros países. Recordaban la riqueza de los jardines, los mercados y las tradiciones que llenan de vida cada rincón de México. No podían faltar las piñatas, llenas de imaginación y de recuerdos infantiles. Al verlas pensé en cumpleaños, risas y reuniones familiares. Allí colgaban orgullosas, demostrando que la alegría también forma parte de la identidad de un pueblo.
Y entre todas las figuras aparecían los nopales, resistentes y nobles, creciendo simbólicamente sobre los muros. Son una imagen inseparable de México, de su tierra y de su historia. Parecían decir que, igual que ellos florecen en condiciones difíciles, también los mexicanos han sabido levantarse una y otra vez a lo largo de los siglos.
Mirando desde un restaurante, tuve la sensación de que todas aquellas figuras cobraban vida. Quetzalcóatl desplegaba sus plumas, el ajolote sonreía, las flores se mecían con el viento, las piñatas danzaban, los nopales se erguían orgullosos y el balón rodaba imaginariamente por el empedrado.
Entonces comprendí que aquellas decoraciones no solo anunciaban un Mundial de Fútbol. También contaban, a quien quisiera detenerse a mirar, la historia de un país lleno de tradición, naturaleza, color y alegría. Un país que abre sus brazos al mundo sin olvidar nunca quién es.
Texto y fotos: José Luis Estalayo




























