El nublo de Villamediana
Hoy, cuando -fútbol y política ocupan largos períodos de tiempo- decido leer un poco más, intento alejar la voz de salvadores patrios de uno, dos tres, cuatro y más grupos, mini grupos, amplios colores del arco iris que, apenas, vislumbramos en este otoño brumoso, llorón y esquivo, ¡vaya por Dios! Carmen, tú que solías cantar al otoño como si nada importasen otras estaciones pues en ella encontrabas belleza y armonía mientras las hojas sonaban a gloria durante el paseo y el calor de otra mano enlazada a la tuya.
No creo en promesas de políticos. Unas charlas radiofónicas entre May Chaparro y el inolvidable Pedro Miguel Barreda se convirtieron en libro, que me gusta: «Cosas que pasaron». Lo recordé debido al dolor y miedo vivido en la Dana, donde murieron tantas personas, mejor no acrecentar la tragedia que impactó a todos. De nuevo, otros lugares pasan la nueva prueba de «Adam» y cuatro personas han fallecido. Cuenta Barreda que «En junio, sin iniciar la recolección, una nube arrasó buena parte de los campos cerealistas, pero lo peor estaba por llegar...» El 1 de agosto de 1898, calor sofocante, el cielo se oscurece y un relámpago cegador, seguido de un horrísono trueno. No faltaron quienes afirmaron que se sintió temblar la tierra. Comenzó a llover como si se repitiese el diluvio universal, en medio de una tormenta de relámpagos y truenos. Hubo 20 muertes. Terrible desgracia para este pueblo. Días antes se había hecho una corta de pinos que bajaban arrastrados por la fuerza del agua llevándose por delante cuanto encontraban. Y que, incluso, taponaron la salida natural al valle y que era el Arroyo de los pastores. Quienes estaban en las eras corrieron a sus casas para ponerse a salvo. Y en ellas, atrancaron puertas y ventanas a toda prisa para, a continuación, encender la vela que en Semana Santa habían prendido ante el altar del Santísimo con la que siempre habían perseguido alejar las tormentas. Veinte muertos. Se derrumbaron 35 casas, demolidas otras 10 y apuntaladas, 13. También en Biescas cuando reventó la «falsa presa y la corriente de manera violenta llegó hasta el pueblo, volteando troncos y piedras, lanzándolos contra a las casas, como un ariete, derribando tapiales y metiéndose por todas partes».


































