El chisme de la trucha fantasma de Arbejal
En los pueblos ribereños del Pisuerga —especialmente en Arbejal, Cervera y Vado— circula desde hace años un chisme que tiene a los pescadores divididos: la historia de la trucha fantasma.
—Tiene el lomo como un tablón de la carpintería de mi hermano, decía.
—Si la saco, la llevo al Ayuntamiento para que la cuelguen al lado del escudo.
Los otros pescadores se reían, por supuesto.
Llegó el día grande. A primera hora de la mañana, Basilio bajó con su caña nueva, un bote de gusanos y el orgullo hinchado como un pan recién salido del horno. Se colocó en la orilla, lanzó el sedal y esperó.
Al poco, sintió un tirón poderoso.
—¡La tengo! ¡La tengo! —gritó.
Los pescadores que estaban más abajo escucharon el grito y comenzaron a correr río arriba. Y cuando llegaron, encontraron una escena digna de teatro:
Basilio estaba plantado en medio del río, con el agua hasta las rodillas, luchando con algo que tiraba como un demonio.
El hombre sudaba, resoplaba, gritaba órdenes que nadie entendía.
Después de varios minutos de batalla épica, por fin lo vio: un brillo plateado enorme moviéndose bajo el agua.
—¡Es ella! ¡Es la trucha del siglo! —vociferó.
Y justo cuando estaba a punto de sacarla con el salabre…
El sedal se aflojó.
Basilio cayó de espaldas al agua, empapado, pataleando como si se estuviera ahogando en dos palmos de río. Cuando los demás pescadores lo sacaron, temblando y con el sombrero lleno de arena, él solo decía:
—Se me escapó porque es lista. Esa trucha piensa. Tiene malicia.
Los demás, claro, se morían de risa.
Pero el remate del chisme llegó al día siguiente.
Un niño de Arbejal apareció en la plaza diciendo que había encontrado, atrapada entre dos piedras río abajo, una carpa enorme que se les había escapado del estanque del abuelo.
—Era igualita a una trucha, pero más gorda —dijo el crío.
En pocas horas, el rumor ya corría por todo Cervera:
El hombre sudaba, resoplaba, gritaba órdenes que nadie entendía.
Después de varios minutos de batalla épica, por fin lo vio: un brillo plateado enorme moviéndose bajo el agua.
—¡Es ella! ¡Es la trucha del siglo! —vociferó.
Y justo cuando estaba a punto de sacarla con el salabre…
El sedal se aflojó.
Basilio cayó de espaldas al agua, empapado, pataleando como si se estuviera ahogando en dos palmos de río. Cuando los demás pescadores lo sacaron, temblando y con el sombrero lleno de arena, él solo decía:
—Se me escapó porque es lista. Esa trucha piensa. Tiene malicia.
Los demás, claro, se morían de risa.
Pero el remate del chisme llegó al día siguiente.
Un niño de Arbejal apareció en la plaza diciendo que había encontrado, atrapada entre dos piedras río abajo, una carpa enorme que se les había escapado del estanque del abuelo.
—Era igualita a una trucha, pero más gorda —dijo el crío.
En pocas horas, el rumor ya corría por todo Cervera:
Basilio había estado peleando con una carpa doméstica… ¡y no con la famosa trucha fantasma!
Desde entonces, cuando alguien exagera una historia de pesca, los demás preguntan:
—¿Era trucha… o era del estanque del abuelo?
Y siempre hay risas.





























