El gigante dormido de Las Agujas y el cuervo de la manta palentina
• La pretensión es animar a las autoridades locales, provinciales y regionales para abrir una nueva ruta y disfrutar de un día sin par en la montaña palentina.
• Al lugar se puede llegar caminando desde Piedrasluengas o por la senda que lleva a Cueva Cobre, tomando el ramal de la izquierda que cruza un bosque con robles centenarios.
|||||| TEXTO Y FOTOS: JOSÉ LUIS ESTALAYO
Cuando el mundo era todavía joven y los bosques de la Montaña Palentina hablaban en voz baja con el viento, existía un anciano gigante llamado Arganzo. Nadie sabía de dónde había venido. Algunos decían que nació de la misma roca; otros, que descendió de las nubes una noche de tormenta, cuando los rayos encendieron las cumbres de Peña Labra y del pico Tresmares. Arganzo era tan grande que, al caminar, hacía temblar las lagunas y despertaba ecos en los valles de Santa María de Redondo, San Juan de Redondo y Tremaya. Tenía una barba blanca como las nieves del Curavacas y del Espigüete, y unos ojos cansados que parecían guardar la memoria de todos los inviernos. Vivía acompañado de un cuervo negro, viejo también, llamado Sombra. No era un cuervo cualquiera: entendía el lenguaje de las montañas y sabía cuándo llegaban las nevadas, cuándo el lobo bajaba al valle o cuándo el río Pisuerga crecería furioso. Dicen que una vez llegó a aquellas tierras un invierno terrible. El viento descendía desde los Picos de Europa como un ejército helado, y los pueblos quedaron atrapados bajo la nieve. Las chimeneas apenas podían vencer el frío. Los niños lloraban en las noches y los ancianos temían no ver la primavera. Entonces Arganzo descendió lentamente desde las alturas de Las Agujas. Caminó entre ventiscas hasta llegar a Palencia, la ciudad famosa por las mantas más cálidas del reino. Allí pidió a las tejedoras que confeccionaran una manta enorme, hecha con la lana más suave y resistente.
—No es para mí —dijo con voz profunda—. Es para quien nunca me abandona.
Las mujeres trabajaron durante siete días y siete noches. Cuando terminaron, la manta parecía contener el calor de todos los hogares de Castilla. Arganzo volvió a la montaña y cubrió con ella a Sombra, su fiel cuervo. Pero ocurrió algo extraño: el calor de aquella manta comenzó a extenderse por las montañas. La nieve dejó de ser cruel, el hielo retrocedió y los pueblos pudieron resistir el invierno. Sin embargo, el gigante quedó agotado. Subió lentamente hasta la peña de Las Agujas y se recostó mirando hacia el cielo, como quien contempla por última vez las estrellas. Allí se quedó dormido para siempre, mientras su cuervo permanecía cobijado junto a él bajo la manta palentina. Con el paso de los siglos, el cuerpo de Arganzo se convirtió en piedra. Su barba se hizo roca gris, y sus manos quedaron ocultas bajo la montaña. Detrás de él continuaron vigilando el Tresmares y Peña Labra; más allá siguieron levantándose Peña Abismo, los Picos de Europa, el Curavacas y el Espigüete. Los habitantes de Santa María de Redondo, junto a las peñas del Moro, los de San Juan de Redondo y los de Tremaya, dicen que en las tardes silenciosas todavía puede escucharse el rumor de la respiración del gigante. Y cuentan también que, cuando las nieblas cubren la cueva del Cobre —donde nace el río Pisuerga—, Sombra abandona por un instante la manta y vuela sobre los valles para comprobar que los pueblos siguen vivos y que nadie pasa frío. Por eso, quienes conocen bien aquellas montañas jamás miran la peña de Las Agujas como una simple roca. Saben que allí duerme el viejo guardián de la Montaña Palentina, esperando quizá el día en que vuelva otro gran invierno y tenga que despertar de nuevo.
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