El molino de Sopeña | Un rincón en la montaña
En los tiempos en que cada pueblo de La Pernía vivía estrechamente ligado a la tierra, los molinos eran centros indispensables para la vida. No solo servían para convertir el grano en harina, sino que eran punto de encuentro, lugar de charla y de intercambio de noticias entre vecinos. El molino de Sopeña, situado cerca de Los Llazos, aprovechaba la fuerza del agua limpia que descendía de las montañas, y durante generaciones acompañó el trabajo y el esfuerzo de los campesinos de la zona. Su rumor constante formaba parte del paisaje, como el canto de los pájaros o el sonido del viento entre los robles.
Recuerdo con cariño los días en que íbamos allí. De niño, aquel molino me parecía un lugar mágico: el agua moviendo las piedras, el olor a harina, el sonido monótono del eje al girar. Todo tenía algo de misterio. Pero para llegar a ese momento había que recorrer un largo camino de trabajo que empezaba muchos meses antes.
Todo comenzaba con la siembra del trigo. Cuando el campo se abría a la primavera, las manos hundían los granos en la tierra húmeda, confiando en que el sol y la lluvia hicieran su parte. Después, con la llegada del verano, tocaba la siega. Con el dalle en la mano, bajo el sol fuerte, cortábamos las espigas doradas y las íbamos apiñando en gavillas. Luego las subíamos con cuidado al carro tirado por dos vacas tudancas, siempre pacientes, que conocían cada curva del camino hacia la era.
En la era comenzaba otra faena: las vacas, uncidas en la yugueta, daban vueltas sobre la mies esparcida, arrastrando el trillo con sus dientes de piedra que iban separando el grano de la paja. Era un trabajo lento, pero lleno de vida. Cuando todo estaba listo, esperábamos que soplara el viento para aventar. Con el gario lanzábamos la mezcla al aire: el viento se llevaba la paja y el grano limpio caía al suelo. Luego lo cribábamos, lo metíamos en sacos y lo guardábamos en el arca de madera, cerrada a prueba de ratones, esos enemigos tan pequeños como persistentes.
El día que llevábamos el grano al molino de Sopeña era especial. El camino transcurría entre prados, chopos y el murmullo del agua. Al llegar, el molinero nos recibía con su delantal blanco, y el ruido del molino llenaba el aire. Ver caer la harina fina, blanca y tibia, era como asistir a un pequeño milagro: el fruto de la tierra, del sol y del trabajo se transformaba ante nuestros ojos en el alimento que nos acompañaría todo el año.
En la era comenzaba otra faena: las vacas, uncidas en la yugueta, daban vueltas sobre la mies esparcida, arrastrando el trillo con sus dientes de piedra que iban separando el grano de la paja. Era un trabajo lento, pero lleno de vida. Cuando todo estaba listo, esperábamos que soplara el viento para aventar. Con el gario lanzábamos la mezcla al aire: el viento se llevaba la paja y el grano limpio caía al suelo. Luego lo cribábamos, lo metíamos en sacos y lo guardábamos en el arca de madera, cerrada a prueba de ratones, esos enemigos tan pequeños como persistentes.
El día que llevábamos el grano al molino de Sopeña era especial. El camino transcurría entre prados, chopos y el murmullo del agua. Al llegar, el molinero nos recibía con su delantal blanco, y el ruido del molino llenaba el aire. Ver caer la harina fina, blanca y tibia, era como asistir a un pequeño milagro: el fruto de la tierra, del sol y del trabajo se transformaba ante nuestros ojos en el alimento que nos acompañaría todo el año.
De regreso a casa, los sacos parecían más ligeros. Tal vez porque sabíamos que pronto, en la hornera, la harina se convertiría en pan casero, con su corteza dorada y su olor inconfundible. Aquel pan, amasado con nuestras manos, tenía el sabor del esfuerzo y la alegría sencilla de vivir en contacto con la tierra.
Hoy, cuando paso cerca de Sopeña y escucho el correr del agua, me parece oír todavía el sonido del molino, el roce de las piedras y la voz del molinero. Cada ruido, cada olor, cada imagen me devuelven a aquellos días en que el tiempo se medía por las estaciones y el pan sabía a hogar.
Hoy, cuando paso cerca de Sopeña y escucho el correr del agua, me parece oír todavía el sonido del molino, el roce de las piedras y la voz del molinero. Cada ruido, cada olor, cada imagen me devuelven a aquellos días en que el tiempo se medía por las estaciones y el pan sabía a hogar.





























