Jorge Manrique: actualidad de un poeta
El siglo XV es el siglo final de la Edad Media en España, ya que el Renacimiento comenzó aquí con retraso (en Italia llevaban ya desde el Trecento dentro de la corriente renacentista).
Considerado como «Pórtico del Renacimiento», y aunque en este siglo ya se observan algunas características renacentistas, hay todavía mucho medievalismo en él. En Castilla reinaba la anarquía total en este siglo: el poder de los nobles era tan grande como el de los reyes, y algunos se mostraban rebeldes y levantiscos. En 1474 muere Enrique IV y sobreviene una guerra civil entre los partidarios de su hija Juana y los de su hermano Alfonso, cuya muerte repentina hace que la causa pase a su hermana Isabel. En este entorno histórico nos encontramos a los Manrique, que ocuparon un lugar muy destacado en la vida social y política de los siglos XIV y XV. Propietarios de extensos territorios en Palencia, Santander, Burgos y Logroño, llegaron a emparentar con casas reales.
Jorge Manrique y su padre eran duques de Nájera, condes de Treviño, marqueses de Aguilar de Campoo, y lucharon a favor de Isabel. Concretamente su padre don Rodrigo fue el primer conde de Paredes, maestre de la Orden de Santiago, y Condestable de Castilla. Los Reyes Católicos le confiaron la conquista de Ciudad Real, y le llegó la muerte en 1476, cuando estaba en dicha empresa; murió de un cáncer que le desfiguró la cara. Por su parte, Jorge Manrique murió en una refriega menor frente al castillo de Garcimuñoz, en Cuenca, en la primavera de 1479.
Testigo de tres reinados, vio el declinar de la Corte de Juan II, y el final de Enrique IV participando en la «Farsa de Ávila», en que el rey fue destronado en efigie. Escribía poemas de amor pero murió luchando. No era un intelectual sino un guerrero, y sin embargo conocía la delicadeza y el sentimiento. Su perfil humano queda borroso, nos da la impresión de haber buscado la felicidad sin encontrarla, y a pesar de su corta vida (muere con 39 años), muestra una increíble experiencia de la misma, quizá por haber sido testigo de otras vidas más largas, como la de su padre; siempre lo siguió, y quizá siempre se sintió pequeño a su lado...
El tiempo destruyó torres, allanó muros, y hasta borró el rastro de las tumbas del maestre y de su hijo. pero de aquel lejano siglo XV nos llega el eco eterno de la elegía que escribió al morir su padre. Las Coplas nos emocionan, casi seis siglos después, porque dicen verdades eternas con palabras sencillas.
Jorge Manrique nació en Paredes de Nava (Palencia) en 1440, aunque también existe la posibilidad de que haya nacido en Segura de la Sierra (Jaén), donde la familia tenía posesiones y donde al parecer se encontraba su madre poco antes del parto.
Lo normal a lo largo de la Edad Media había sido una escasa valoración de la cultura, incluso gran parte de los nobles y señores feudales se enorgullecían de ser analfabetos. Pero a partir de los siglos XIV y XV se observa un cambio, y encontramos a grandes guerreros que son a la vez poetas y hombres de letras, como el Marqués de Santillana o el propio Jorge Manrique. El Marqués de Santillana, palentino también, y que intervino activamente en la política de su tiempo, dejó escrita su opinión sobre esto:
«La sciencia no embota el fierro de la lança,
nin faze floxa la espada en manos del caballero».
Por otra parte, en el siglo XV se produjo una entrada masiva de latinismos y cultismos en castellano, por considerarlo «rudo y desierto», y creer necesario enriquecerlo con voces latinas. Y aunque lo normal en los ambientes cultos era inundarlo todo de latín, Jorge Manrique no lo hizo y quizá ésa sea una de las razones por las que su obra ha permanecido al margen de las modas. La sencillez de su vocabulario y las imágenes que utiliza, su naturalidad y elegancia hacen que su obra siga siendo moderna a lo largo de los siglos. Los excesos cultistas fueron pasando y dieron paso a un equilibrio que abriría paso a la plenitud y la perfección del Renacimiento, pero él ya no pudo verlo.
Las Coplas por la muerte de su padre son su obra cumbre, aunque también escribió poesía amorosa, burlesca y doctrinal. Son 40 coplas, y cada una de ellas está formada por parejas de sextillas; la forma estrófica que utiliza contribuye a la fluidez del pensamiento: la copla de pie quebrado (8a 8b 4c), hace que obligatoriamente nos detengamos al leer, reflexionando sobre el tema profundo que trata, al encontrarnos con el verso de cuatro sílabas:
«Recuerde el alma dormida, /
«La sciencia no embota el fierro de la lança,
nin faze floxa la espada en manos del caballero».
Por otra parte, en el siglo XV se produjo una entrada masiva de latinismos y cultismos en castellano, por considerarlo «rudo y desierto», y creer necesario enriquecerlo con voces latinas. Y aunque lo normal en los ambientes cultos era inundarlo todo de latín, Jorge Manrique no lo hizo y quizá ésa sea una de las razones por las que su obra ha permanecido al margen de las modas. La sencillez de su vocabulario y las imágenes que utiliza, su naturalidad y elegancia hacen que su obra siga siendo moderna a lo largo de los siglos. Los excesos cultistas fueron pasando y dieron paso a un equilibrio que abriría paso a la plenitud y la perfección del Renacimiento, pero él ya no pudo verlo.
Las Coplas por la muerte de su padre son su obra cumbre, aunque también escribió poesía amorosa, burlesca y doctrinal. Son 40 coplas, y cada una de ellas está formada por parejas de sextillas; la forma estrófica que utiliza contribuye a la fluidez del pensamiento: la copla de pie quebrado (8a 8b 4c), hace que obligatoriamente nos detengamos al leer, reflexionando sobre el tema profundo que trata, al encontrarnos con el verso de cuatro sílabas:
«Recuerde el alma dormida, /
avive el seso e despierte /
contemplando...»
La obra comienza con un consejo o advertencia: «avive», «recuerde», «despierte», y como antecedente existía el Planto o Elegía, que era un lamento por la pérdida de un ser querido y por lo fugaz que es todo. Pero en el caso de Manrique, resulta totalmente auténtico porque no se trata sólo de un tema literario, sino que le toca de lleno en su propia vida. Él no inventa el género literario ni los temas que trata, pero su obra llora la muerte de un ser querido, con un dolor real, por encima de estilismos y moldes del lenguaje. La muerte gravita sobre el poema, está sobreentendida aunque no la menciona apenas, rechazando al describirla las truculencias y las descripciones macabras, muy comunes a lo largo de la Edad Media en las Danzas de la Muerte. El autor lamenta con melancolía lo inestable de la Fortuna, lo fugaz de las glorias humanas, el poder igualatorio de la muerte, y también la necesidad de aprovechar bien el tiempo que dura la vida. El poema pretende desengañarnos de lo caduco que es todo lo temporal, aferrándonos sólo a lo inmortal (como hace don Rodrigo), y logrando sobrevivir en el recuerdo y la admiración de los que nos conocieron.
En las 17 últimas coplas, el autor hace un elogio fúnebre de su padre, dejando patente que le duele más el olvido que la destrucción material. En las primeras coplas había aceptado la muerte con resignación cristiana, hablando de ella como liberadora, («assí que cuando morimos / descansamos»). Pero cuando se va acercando a la figura de su padre, la muerte se convierte en celada, en engaño («desque vemos el engaño / e queremos dar la vuelta, / non hay lugar»), porque le duele profundamente. Como elemento renacentista, apunta el deseo de que su padre perviva en el recuerdo de los que lo conocieron, en los que admiraron sus virtudes (la gloria, la fama, otra forma de pervivencia).
El autor intenta desvalorizar lo que se considera valioso en este mundo, «la belleza y la fuerza corporal», la honra, «la riqueza y los señoríos», pues todo ello es caduco:
«ved de quán poco valor
La obra comienza con un consejo o advertencia: «avive», «recuerde», «despierte», y como antecedente existía el Planto o Elegía, que era un lamento por la pérdida de un ser querido y por lo fugaz que es todo. Pero en el caso de Manrique, resulta totalmente auténtico porque no se trata sólo de un tema literario, sino que le toca de lleno en su propia vida. Él no inventa el género literario ni los temas que trata, pero su obra llora la muerte de un ser querido, con un dolor real, por encima de estilismos y moldes del lenguaje. La muerte gravita sobre el poema, está sobreentendida aunque no la menciona apenas, rechazando al describirla las truculencias y las descripciones macabras, muy comunes a lo largo de la Edad Media en las Danzas de la Muerte. El autor lamenta con melancolía lo inestable de la Fortuna, lo fugaz de las glorias humanas, el poder igualatorio de la muerte, y también la necesidad de aprovechar bien el tiempo que dura la vida. El poema pretende desengañarnos de lo caduco que es todo lo temporal, aferrándonos sólo a lo inmortal (como hace don Rodrigo), y logrando sobrevivir en el recuerdo y la admiración de los que nos conocieron.
En las 17 últimas coplas, el autor hace un elogio fúnebre de su padre, dejando patente que le duele más el olvido que la destrucción material. En las primeras coplas había aceptado la muerte con resignación cristiana, hablando de ella como liberadora, («assí que cuando morimos / descansamos»). Pero cuando se va acercando a la figura de su padre, la muerte se convierte en celada, en engaño («desque vemos el engaño / e queremos dar la vuelta, / non hay lugar»), porque le duele profundamente. Como elemento renacentista, apunta el deseo de que su padre perviva en el recuerdo de los que lo conocieron, en los que admiraron sus virtudes (la gloria, la fama, otra forma de pervivencia).
El autor intenta desvalorizar lo que se considera valioso en este mundo, «la belleza y la fuerza corporal», la honra, «la riqueza y los señoríos», pues todo ello es caduco:
«ved de quán poco valor
son las cosas tras que andamos e corremos»).
Los ríos van hacia el mar, como nuestras vidas van hacia la muerte... Todo un manifiesto existencialista dicho con naturalidad y sencillez. Sin embargo, el poeta no desprecia el mundo, en cuanto que el hombre puede ganarse en él la salvación: «este mundo bueno fue / si ussásemos de él / como debemos». El tiempo es otro tema fundamental en las Coplas, y está siempre presente. El hombre no puede aferrarse al tiempo, el presente huye y el futuro también lo hará. («pues que vemos lo presente / cómo en un punto se es ido / e acabado»), palabras majestuosas, implacables, que se suceden sin prisa arrasando las ilusiones...
El tema del Ubi sunt? resuena a lo largo de la Edad Media, y también lo hace en las Coplas.
Esta pregunta en los siglos medievales tenía una respuesta consoladora, dada la creencia total en la otra vida, pero al sobrevenir la profunda crisis del siglo XV, esta pregunta es más inquietante: Ubi sunt? No hay respuesta, sólo silencio. Sólo pervivirán las virtudes de don Rodrigo, y el recuerdo de ellas en los que lo conocieron. Este tema abarca desde la copla 15 hasta la 24, citando nombres concretos (don Enrique, don Alfonso), y al final generaliza (marqueses, duques). En la pregunta «¿qué fue?», «¿qué se hizo?», «¿dónde están?» se percibe un lamento cargado de melancolía: «¿qué se hicieron las llamas / de los fuegos encendidos / de amadores?», «¿qué se hizo aquel trovar?», que podríamos traducir: «¿qué queda de todo ello...?»
A partir de la copla 24 irá centrándose poco a poco en la figura de su padre, y va perfilando el retrato de un hombre perfecto. Manrique enumera todos los rasgos de excelencia y los atribuye a don Rodrigo, nos dice que ganó «por sus manos» las rentas y estados, observación importante en una época en que eran normales las dádivas reales.
En la parte final, más que resignación lo que vemos es conformidad total con la voluntad divina por parte del maestre, actitud lógica en quien ha tenido una vida honorable y bien aprovechada («consiento en mi morir / con voluntad placentera, / clara e pura».) Las Coplas fueron escritas entre 1476 y 1479, se imprimieron entre los primeros incunables, y su fama se ha mantenido siempre viva a lo largo de los siglos.

Actualización Oct2026 | 💥+404 👀
Los ríos van hacia el mar, como nuestras vidas van hacia la muerte... Todo un manifiesto existencialista dicho con naturalidad y sencillez. Sin embargo, el poeta no desprecia el mundo, en cuanto que el hombre puede ganarse en él la salvación: «este mundo bueno fue / si ussásemos de él / como debemos». El tiempo es otro tema fundamental en las Coplas, y está siempre presente. El hombre no puede aferrarse al tiempo, el presente huye y el futuro también lo hará. («pues que vemos lo presente / cómo en un punto se es ido / e acabado»), palabras majestuosas, implacables, que se suceden sin prisa arrasando las ilusiones...
El tema del Ubi sunt? resuena a lo largo de la Edad Media, y también lo hace en las Coplas.
Esta pregunta en los siglos medievales tenía una respuesta consoladora, dada la creencia total en la otra vida, pero al sobrevenir la profunda crisis del siglo XV, esta pregunta es más inquietante: Ubi sunt? No hay respuesta, sólo silencio. Sólo pervivirán las virtudes de don Rodrigo, y el recuerdo de ellas en los que lo conocieron. Este tema abarca desde la copla 15 hasta la 24, citando nombres concretos (don Enrique, don Alfonso), y al final generaliza (marqueses, duques). En la pregunta «¿qué fue?», «¿qué se hizo?», «¿dónde están?» se percibe un lamento cargado de melancolía: «¿qué se hicieron las llamas / de los fuegos encendidos / de amadores?», «¿qué se hizo aquel trovar?», que podríamos traducir: «¿qué queda de todo ello...?»
A partir de la copla 24 irá centrándose poco a poco en la figura de su padre, y va perfilando el retrato de un hombre perfecto. Manrique enumera todos los rasgos de excelencia y los atribuye a don Rodrigo, nos dice que ganó «por sus manos» las rentas y estados, observación importante en una época en que eran normales las dádivas reales.
En la parte final, más que resignación lo que vemos es conformidad total con la voluntad divina por parte del maestre, actitud lógica en quien ha tenido una vida honorable y bien aprovechada («consiento en mi morir / con voluntad placentera, / clara e pura».) Las Coplas fueron escritas entre 1476 y 1479, se imprimieron entre los primeros incunables, y su fama se ha mantenido siempre viva a lo largo de los siglos.

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