Por San Blas, la cigüeña verás
Cuando llega el 3 de febrero, San Blas, siempre miro al cielo y a los campanarios. Aquí, en la Montaña Palentina, nunca hemos necesitado calendario: nos bastaba con repetir el refrán de los mayores: “Por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieras, año de nieves.” Y casi siempre, cuando levanto la vista, allí están ellas, recortadas contra el cielo frío de febrero.
Tengo muchas fotografías de cigüeñas en primavera y verano, con los prados verdes y el aire suave, pero son las de invierno las que más me conmueven. Porque es entonces cuando de verdad se ve de qué están hechas. Las he fotografiado incubando sus huevos mientras la nieve les cubre las alas, inmóviles sobre el nido, aguantando ventiscas que cortan la piel y silencios que parecen eternos. La nieve se acumula sobre sus plumas y aun así no se levantan. Debajo de su pecho late una vida pequeña, y eso es más fuerte que el frío. También las he visto bajar al suelo blanco, caminar despacio sobre la nieve, buscando pequeños espacios donde la tierra aún respira. Allí, entre un claro y otro, buscan lombrices, insectos, cualquier cosa que les permita seguir adelante. Cada paso es un esfuerzo, pero nunca las he visto rendirse.
Con el tiempo he aprendido que la cigüeña es más fuerte de lo que parece. Puede soportar fríos de veinte grados bajo cero gracias a su plumaje espeso y a su cuerpo grande, que guarda el calor como una lumbre escondida. Y esos nidos que yo fotografío, esos montones de ramas sobre iglesias y chimeneas, no son cualquier cosa: algunos pesan más de una tonelada y llevan décadas, incluso siglos, creciendo año tras año. Sé que ponen de tres a cinco huevos, y que el macho y la hembra se turnan para incubarlos, aunque nieve, aunque hiele, aunque el viento azote el campanario. Cuando oigo su crotoreo en invierno, ese golpeteo seco del pico, me parece aún más hermoso porque suena en un pueblo casi en silencio, cubierto de blanco.
Antes las cigüeñas se iban a África, pero ahora muchas se quedan aquí, en nuestros pueblos de piedra, porque han aprendido que pueden sobrevivir. Buscan el calor de los tejados, la protección de las torres, y la cercanía del ser humano, como si supieran que aquí también hay refugio. Por eso, para mí, ver una cigüeña en San Blas es mucho más que una tradición. Es una señal de que la vida resiste, de que, aunque el invierno apriete, algo sigue incubándose en silencio. Y cuando algún año no las veo, entiendo mejor que nunca aquel refrán antiguo: si no aparece la cigüeña, es que la nieve todavía no ha dicho su última palabra.
Yo sigo mirándolas, cámara en mano y corazón despierto, porque en cada una de ellas reconozco un poco de esta tierra nuestra: firme, callada y capaz de aguantar cualquier invierno.
EL VÍDEO























