Una taza de jengibre
En estando, cepillando la (su) pelliza un martes sin fecha, Tiburcio descubrió que bajo el polvo de los inviernos se escondían las viejas promesas del campo, aquellas que aún juraban que el frío curaba la desgana y el barro fortalecía la voluntad.
Pero al sacudir la chamarra (velay), brotaron unas velas con velo, no de misa ni romería, sino de esas que alardean de la eterna lozanía gracias a filtros digitales y pócimas de catálogo (tela). Ellas se proclamaban adalides del progreso rural, aunque su oficio verdadero consistía en soplar sobre las brasas del pasado para vender después las cenizas envueltas en celofán y esperanza subvencionada. Tiburcio, curtido en cencelladas y desengaños, olió la trampa. Una taza de jengibre —de porcelana delicada, eso sí— había urdido el enredo, harta del "café para todos" que los sábados se beben los parroquianos mientras hojean la sección Campos de Tierra en Diario Palentino. Aquella jícara, engreída y perfumada, soñaba con imponer su reinado especiado, donde cada sorbo tuviera aroma a pureza y a moda, haciendo que el campesino se rindiera ante la infusión de los elegidos. Mas Tiburcio (yo/él) sabía que el agro no se infunde: se remueve. Que no basta con verter agua caliente sobre la tierra; hay que ararla, sudarla, padecerla (amén). Por eso, entre refranes y remiendos, continuó revolviendo su infusión con la misma cucharilla de estaño, la que conocía el sabor del cierzo y el rumor de los enjambres. Y, mientras el viento deshilachaba los caminos, comprendió que la modernidad no era sino otra jarra: brillante por fuera, hueca por dentro. Así, sin más pregón que su mutismo, regresó al corral, donde el sol declinante bruñía los aperos como si fueran reliquias. Pensó que, quizá, lo rural no necesita salvadores, sino tiempo. Que la juventud no se conserva en frascos de jengibre, sino en la obstinación de seguir madrugando. Y que, en definitiva, la verdadera revolución mesetaria sigue siendo levantar el ánimo antes que el subsidio. Nota al margen: impresionante documento que nos dejó a todos a dos trances de la inmaculada expectación, imbricados en un relato en tercera persona. El caso es que ahora ya no sabemos si vivir a las finas hierbas o tornarnos solubles sin más. Sea.

























