Aquel camino del río (I)
En mi pueblo, Velillas del Duque, al lado mismo de la siempre bella y emblemática localidad palentina de Saldaña, teníamos el camino del río, desde que comienza en las afueras del perímetro del caserío hasta llegar a la misma cuesta del promontorio próximo donde, sólo con descenderlo y atravesar un pequeño espacio de terreno sembrado de plantas, muchas convertidas con el tiempo en vetustos árboles, te topabas sin más con el propio río al que, indefectiblemente, te conducía el camino. Tratándose, nada más y nada menos, que del palentino río Carrión, el mismo que tiene su nacimiento bastantes kilómetros más arriba, en plena Montaña Palentina, y que desciende por su cauce desde aquel emblemático y bucólico lugar, risueño y alegre, con sus aguas mansas y cantarinas.
Nos apetecía además, puesto que la distancia no era mucha, ir andando despacio, contemplando mientras caminábamos los campos ya granados y dispuestos para la recolección que, en ocasiones, el escaso viento era capaz, no obstante, de mover conjuntamente sus cañas y sus espigas cual si fuesen pequeñas olas del mar, extasiándonos en su contemplación durante varios minutos.
Y es que, hilando pensamientos, siempre nos habían dicho en casa que algún día nos llevarían hasta Santander para ver el mar. Y también la maestra nos había dicho que lo más parecido a las olas del mar, y que teníamos cerca los habitantes de tierra adentro, eran las espigas de cereal de nuestros campos movidas por el viento del atardecer, antes de su recolección. Y nosotros, allí en aquellos campos del pueblo, percibíamos cómo todo aquello era verdad.
Y estando en medio de estas observaciones, en ocasiones advertíamos cómo del interior de algún grupo de zarzas del camino, salía disparado algún pájaro que, por curiosidad inmediata nos hacía investigar en el interior del follaje por si descubríamos su nido; lográndolo casi siempre, lo que nos hacía pensar una vez descubierto que, a pesar de iniciado el verano, allí la naturaleza parecía ir todavía un tanto retrasada aquel año.
Llegados al destino, y nada más tocar la ribera del río, algunos de nosotros, tras los pertinentes preparativos, echábamos la caña en la orilla con la ilusión puesta en que aquel día la pesca se nos diese más o menos aceptablemente; en tanto que otros preparaban los reteles para echarlos al río un tramo más abajo, donde el agua había hecho unas cavidades en el terreno, en las que los cangrejos tendrían fácil refugio.
(Continuará)
SOBRE ESTA BITÁCORA

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Buenas tardes, Javier:
ResponderEliminarRecuerdos de la niñez, de otros tiempos más tranquilos, casi sin prisas...
Ciertamente, nos traes historias tiernas de otro tiempo -como dice Antonio- días más tranquilos, donde cualquier pequeña cosa era un mundo para nosotros.
ResponderEliminarBuena semana. Un abrazo.
Con estas "Historias Cercanas" estamos conociendo un poco más tu niñez y tus vivencias en tu querido pueblo, de tu disfrute en el río y en ese camino que te llevaba a él y tantos recuerdos te trae.
ResponderEliminarMuchas gracias, amigos, por vuestros comentarios hacia mi relato de este día en Curiosón. Y sí, como decís son recuerdos de aquel entonces, de aquellos años en mi pueblo que "adorno" con algo de mi inventiva al traerlos al presente. Me agrada que os guste. Saludos.
ResponderEliminarBonitas y líricas escenas del campo, sobre todo la de las espigas mecidas por el viento. En verdad son un mar adentro. Yo lo veo y disfruto cada primavera-verano.
ResponderEliminarAsí es, Paqui, es una delicia contemplar este movimiento de las espigas con el viento, tal cual si fueran las olas del mar en campo abierto. Saludos.
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